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Despedida

Ahora ya no entendía nada. Me senté en la cama y comencé a acariciar los arañazos que tenía en el pecho,... eran muy reales, tan reales que me dolían y me escocían terriblemente. Su perfume aún persistía. Lo podía oler todavía en la almohada y que yo sepa, los sueños no huelen. Entonces ella me había visitado, después de muerta, ella venía a mí. Me maravillo ante este nuevo mundo, ante estas posibilidades que tengo. Nada me asombra, nada me asusta. Todo el racionalismo que siempre guió mi vida y mis actos, todo lo que aprendí en la facultad de medicina se había vuelto totalmente caduco, frente a mi nueva "naturaleza". Me podían decir la cosa mas disparatada y a mí me iba a sonar natural.

Me hubiera gustado hablar con el viejo y contarle todo esto. Mi sueño debía tener una explicación, en realidad, la visión de Morgana debía tener lógica dentro de esta ilógica vida. Bueno, existía la posibilidad que yo mismo me haya hecho las marcas y que el perfume sea pura alucinación. No debía olvidarme que estaba en su cama y podía ser que todavía hubiera algo de ella dentro de la casa.

Llegué tambaleando a mi oficina, cansado y sudoroso. Llevaba la ropa del día anterior y los bajos del pantalón estaban manchados. Mi aspecto era lamentable, tenía la barba crecida y el pecho me ardía demasiado. Con un gesto automático abrí el cajón buscando la petaca de whisky. Miré la hora, eran las nueve y treinta.

- "No podés empezar a tomar a esta hora" - me dije, un poco asustado de mis hábitos. El interno sonó. Con voz agotada atendí. Era Beatriz que me informaba que el director me estaba buscando.

Corrí al baño a lavarme la cara y adecentarme un poco, (mi facha era desastrosa) antes de encontrarme con el doctor Pérez Acosta.

Fue una tarea prácticamente imposible. Mi cara no tenía arreglo. Estaba pálido, ojeroso y demacrado. La camisa era una gran arruga estirada sobre mi torso y los pantalones daba pena verlos. Además me preocupaba acercarme a Beatriz. Los chismosos de siempre ya habían inventado un romance, por eso trataba de mantenerme muy lejos de ella.

Golpeé tímidamente la puerta del despacho. Beatriz se acercó a abrir personalmente. Sonrió amable y me señaló la puerta del despacho del jefe.

- Rápido, está un poco molesto.

Ella entró primero a la oficina y me anunció. Yo la seguí a los pocos minutos. El viejo doctor Pérez Acosta leía un expediente. Hizo un gesto vago hacia una silla muy dura frente a su escritorio. Sin decir una palabra me senté y esperé lo peor.

Levantó la cabeza de lo que leía y me observó con sorpresa. Creo que no esperaba verme con tan mal aspecto. Por una vez agradecí mi mala suerte. Su actitud cambió mucho, creo que lo dejé sin argumentos. Cerró el expediente con suavidad y lo dejó. Se paró y rodeó el escritorio. Se apoyó en él y me tocó el hombro.

- Hijo, usted no está nada bien. No respondí. Preferí mantenerme callado y observar sus ojos azules, algo fríos.

- ¿Tiene algún problema familiar? Seguí sin responder. Bajé la cabeza y oculté mi cara. Eso parece que lo conmovió un poco.

- ¿Tuvo alguna queja de mi trabajo? - dije, finalmente tomando valor.

- No, todavía no. Pero si las cosas continúan de esta manera tal vez pronto comience a cometer errores. Además, a mis oídos llegó un rumor un poco extraño. ¿Es cierto que tiene un romance con mi secretaria?

Lo miré nuevamente a los ojos. No pude más y solté una larga carcajada. Pérez Acosta me miró encolerizado.

- Joven, no sea irrespetuoso.
- Es que es una cosa tan, pero tan disparatada que no puedo creer que alguien haya perdido el tiempo en decirle algo tan estúpido. ¿Quiere preguntarle a ella?

- No es necesario. Creo en su palabra. Sonreí y asentí con la cabeza. Él comenzó a pasear por la oficina, con las manos en los bolsillos.

- Disculpe, pero realmente lo veo muy desmejorado, tal vez tenga stress, sería bueno que visite su médico - sugirió Pérez Acosta.

- Si, puede que así sea, últimamente tengo pesadillas - dije, sin pensar.
El viejo doctor se paró en seco y me miró con ojos grandes.

- ¿Usted se analiza?
- No señor, no creo en el análisis - de pronto la boca se me secó y las sienes me palpitaban. Comencé a ver todo negro.


Desperté en una camilla del Hospital de Clínicas. Estaba en la guardia y la enfermera me tomaba la presión. Una doctora escribía sentada al frente de una diminuta mesa. Cuando me incorporé la enfermera dejó escapar una maldición.

- ¡Por Dios, doctor! Casi me mata del susto, no era necesario saltar así.
- Perdón enfermera. La verdad es que no se que hago acá.

La médica por fin levantó la cabeza del papel.
- Se desmayó en el despacho de su jefe. Ahora mismo le estoy recetando unas largas vacaciones. Imagine que le pase algo mientras está operando.
La miré sonriendo.

- Mis pacientes nunca se quejan, ni hacen juicios por mala praxis, no se preocupe, trabajo en la morgue.

Ambas mujeres rieron. Hice lo posible para que ninguna de las dos mujeres se me acercaran demasiado. De esa manera podía controlar sus reacciones y lograr solo una corriente de simpatía, nada más (me interesaba serles totalmente indiferente). La doctora se acercó a la camilla y señaló mi pecho, mirando con curiosidad.

- ¿Qué le pasó, doctor? ¿Cómo se hizo esas marcas tan feas? La miré fijamente y sonreí (iba a usar una pequeña porción de poder).

- Jugando con mi gato.
- Debería cortarle las uñas a ese animal, puede ser peligroso. Se puede infectar.- fue todo su comentario, mientras me alcanzaba el papel con el certificado de mi licencia.

Me dejaron ir solamente cuando les prometí que iba a hablar con mi médico de cabecera. En la sala de espera estaba el viejo, sentado, leyendo una vieja revista. Estaba vestido igual que la primera vez que lo vi. Me acerqué y él dejó de leer. Clavó sus ojos en mi e hizo una mueca, semejante a una sonrisa.

- ¿Estás mejor? Cada vez que tengas problemas, no puedo hacer que te desmayes...
- ¿Que dice?
- Simplemente, que no hay nada de peligroso en ese desmayo, lo hice para sacarte del problema que estabas metido.
- Bien, entiendo, y ahora ¿qué hace acá? - fue mi respuesta, un tanto descortés.

No le pregunté cómo sabia que estaba en problemas, era inútil. Nunca me hubiera respondido. El no contestó. Amplio la sonrisa y señaló mi pecho. El maldito sabía lo que tenía allí, a pesar de llevar la camisa puesta. Instintivamente llevé mi mano al lugar lastimado.

- Morgana estuvo haciendo de las suyas. Nada la detiene cuando se encapricha.
- ¿Por qué habla así de ella? ¿Capricho? Usted mismo dijo que me amaba.
- Mi hija es una gran caprichosa.
- ¿Tan difícil le resulta pensar que está enamorada? ¿Por qué me odia tanto?
- No hijo, no te odio. Pero no puedo evitar pensar que ella está un poco loca si desafía así al Señor y al destino de esta manera, reuniéndose contigo a pesar de saber que no puede hacerlo.

- ¿Qué significa?

El viejo se encaminó hacia la puerta. Yo lo seguí. Cada vez me indignaba más hablar con él. Le encantaba el jueguito del gato y el ratón. Eso me trastornaba. Salió del hospital y comenzó a caminar por la Avenida Córdoba en dirección a la morgue. El paso que alcanzaba era muy difícil de seguir. Imposible para su edad... en realidad ¿qué edad?

-¿Podría contestarme, no?
- Podría... pero no. Es muy arriesgado para ambos.

Seguí caminando a su lado. Medité sus palabras. Y saqué la conclusión que si era arriesgado, de alguna manera Morgana podía volver. Guardé silencio y lo seguí tres o cuatro pasos detrás. Llegamos a la puerta del edificio de Morgana y entró al portal. Se detuvo en la puerta y me miró.

- Seria bueno que me devolvieras las llaves.
- De ninguna manera, señor. La casa de Morgana es mía. Y se la pienso devolver a ella, personalmente. Además, usted me va a decir como puedo hacer que vuelva.

Me arrancó las llaves de la mano y abrió la puerta de entrada. Llegamos al departamento y se sentó en el sofá. Su expresión era un poco dolorida.

- ¿Conocés la historia de Orfeo?
- Seguro, una leyenda griega. Un hombre que llega al infierno para rescatar al amor de su vida.
- Te anticipo que no es una historia con final feliz. Él comete una estupidez y ella vuelve al averno, sin ninguna posibilidad de liberación, ni esperanza.
- Quiero arriesgarme. No me importa lo que piense. Si ella vino la otra noche solo puede significar que quiere que la encuentre.
- No puedo hacer nada. Ustedes están locos, solo queda sentarse a mirar y anticipar el desastre.

Su poca fe en mi me ponía frenético. No entendía porqué era tan escéptico, ni porqué se comportaba así ahora, después de todas las muestras de comprensión y afecto que me dió en el pasado.

- Debe decirme qué manera puedo llegar al lugar donde está ella.
- Está en el infierno. ¿Te arriesgas a ir hasta allá a liberarla?
- Por supuesto. ¿ De que manera llego?...
- Esta noche, a las once y treinta te espero en Florida y Roque Sáenz Peña.
- ¿Que hay allí?.- pregunté divertido.
- La entrada al infierno, en la estación Catedral, en el subte D...