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Despedida

¿Cuánto tiempo transcurrió desde su ausencia? No sé. Fue mucho, fue poco... Solo sé que mi corazón se estremece todos los días, y siento su ausencia como un vacío en el estómago, la falta de un dedo... la amputación de mi alma.

Poco a poco, pude reconstruir mi historia. Mi madre era una mujer muy piadosa, nunca se me hubiera pasado por la cabeza que fuera infiel a mi padre. Pero lo fue... claro, que de una manera muy sui generis. Me contó que tenía vívidos sueños, por pudor no me quiso decir de que tenor (aunque los imagino). Soñaba con un hombre que se parecía a Cristo que la abrazaba y la besaba mientras ella rezaba. Siempre despertaba desnuda y ella lo atribuía a un desorden del sueño parecido al sonambulismo. No seguí indagando, ya tenía la respuesta.

El padre de Morgana me "adoptó" de alguna manera. Lo veía seguido, aunque nunca quiso decirme que fue del cuerpo de su hija. "No sé dónde llevarle flores", le dije un día. El viejo sonrió con su expresión de esfinge y dijo que se "las regale a una mujer cualquiera, sería como si se las diera a ella".

Esa respuesta no satisfizo para nada mi curiosidad. Es más, la exacerbó. Tal vez estuviera viva y yo no lo sabía. El viejo era un tipo raro... (obvio, ¿de qué manera puede ser un diablo?). Generalmente aparecía en los momentos en los cuales yo estaba más deprimido. Eso me ponía bien. Siempre llegaba con una sonrisa en los labios (la sonrisa de Morgana). Un día particularmente difícil lo increpé:

- ¿Por qué me presta tanta atención? ¿No asesiné a su hija, acaso?

- Ella se dejó morir. Sabía que no tenía que enamorarse, sin embargo no siguió su instinto de supervivencia, siguió su corazón.

Quedó en silencio y luego agregó con pena y sus ojos se anegaron de lágrimas.

- ¡Un espíritu romántico tiene muy poca vida!

Seguí con mi trabajo habitual. Descubrir mi naturaleza no cambió en nada mi vida. Mi demoníaco padre seguía sin aparecer y nada de mi historia podía ser confiada a cualquiera. Probablemente me internarían en el neuropsiquiátrico más próximo. Ahora sí me cuidaba mucho de acercarme a las mujeres. Ellas me olían a la distancia y algunas eran realmente osadas. Me cuidaba en el trabajo, aunque continué con mis cacerías nocturnas.Todavía cuando me cruzaba con Beatriz, ésta sonreía cómplice y me tiró un beso de vez en cuando. Era cómico ver a esa mole de mujer haciéndole ojitos a las chicas de la morgue y a mí !!!

Mis compañeros se preguntaban que tenía para volverlas locas. Yo les sonreía y contaba de un pacto con el diablo. Siempre mi comentario era coronado por sonoras carcajadas. No recuerdo dónde, pero una vez leí que la mejor protección para el diablo es que nadie cree en él, eso se aplica también para sus secuaces. Es una verdad más grande que la copa de un pino. Por eso disfrutaba de su ceguera, de su "paz del ignorante".

Una noche tuve demasiado trabajo. Fue un día agotador y quería llegar a mi casa. Me apresuré a caminar las cuadras que me separaban de la estación del subte. Iba distraído, producto del cansancio, cuando sin querer golpeé a una chica que venía de frente. Sus libros y la cartera cayeron en la vereda, desparramados. La miré bien y me resultó agradable, un tanto gris, pero agradable. Murmuré una excusa sin demasiado entusiasmo y ayudé a levantar los libros. Leí los títulos. Esta chica si que era particular. Leía sobre esoterismo y tenía dos libros sobre vampiros. Le rocé los dedos con la punta de los míos mientras le entregaba los pesados libracos. Sus gustos literarios me impulsaron a seducirla, aunque no me gustara demasiado.

- Disculpame - dije solamente para que me mirara.

Ella clavó sus ojos marrones en mí. Su mirada me recordó a ella (todas me recordaban a ella). Movió coquetamente la cabeza y sonrió, mostrando sus parejos dientes como un collar de perlas plásticas. La tomé de la mano sin decir una palabra (no hizo falta). Busqué un portal oscuro y la aplasté literalmente contra la pared, mientras le levantaba la falda hippie larga y flotante. Ella gemía (ahora estaba un poco asustada). La besé mientras le murmuraba:

- ¡Quieta! Nada te va a pasar, que vos no quieras.

La voz la calmó un poco y como narcotizada (nuevamente los libros fueron a parar al piso) envolvió sus brazos en mi cuello. La olí. Suave, como un campo de frutillas, llegaba a ser empalagosa.

Arranqué su ropa interior y la olfatee. "Almendras" murmuré. Como un flash vi a Morgana atada y olorosa. Mi mejor recuerdo, lo único que me quedaba y no me podían arrebatar. Ahogué sus gemidos con una mano (no deseaba besarla) y la tomé en dos minutos. Abría muy grandes sus ojos de gacela. En cuatro o cinco movimientos la hice gritar, alcanzando un escandaloso orgasmo. Yo no sentí nada. Morgana todavía me dominaba. Si quería seguir vivo debía olvidarla o seguirla en su destino.

La chica temblaba en mis brazos y yo, sin embargo, estaba helado por dentro. No tenía ni siquiera interés en preguntarle su nombre.

- Mmm - dijo cuando dejó de temblar -. ¿Nos volveremos a ver?
- No - contesté categórico.

Me desasí de sus brazos con suavidad y un poco arrepentido la besé en la mejilla. Ella buscó mi boca y dejé que me diera un largo beso. Le devolví su ropa interior rasgada. Y la dejé en el portal, con los libros todavía tirados, la falda arrugada y una sonrisa satisfecha en los labios.

Algunas semanas después, el viejo vino a saludar. Yo recién llegaba del quirófano, estaba cansado y la reserva de whisky se había terminado. Eso me tenía de muy malhumor. (Nota mental: debo dejar el alcohol). Se sentó frente a mi tan silenciosamente que me asustó.

- Sería bueno que golpee la puerta antes de entrar - exclamé mientras me sacaba los lentes y los limpiaba.
- Estaba abierta, además ya no tenés whisky, no hay nada que ocultar.

Ese comentario me cayó muy mal. Cerré el cajón violentamente y me paré.

- Bueno, ¿a qué vino?
- A cumplir la última voluntad de Morgana.

Me senté y lo miré culpable. ¿Que tenía yo que ver en la última voluntad de ella? La respiración se me dificultó y sentí las palmas húmedas. Todo era dolor para mí. El viejo me miraba con idéntico pesar en sus ojos. Me pregunté hasta donde un diablo era malo si sentía tanto amor por su hija. Sin decir una palabra dejó un llavero sobre el escritorio. Lo miré sin entender demasiado.

- Estas son las llaves del departamento de ella. Me hizo prometer que te las dejara después que ella se fuera.

Las tomé. Eran dos simples pedazos de metal sin ningún valor. Su falta de importancia me llenó de ternura. Me parecía verla, sentada en la plaza con su libro y el sol jugueteando entre sus rizos rojodorados. Las guardé en el bolsillo de mi saco y lo miré.

- ¿Por qué?
- Es una especie de "herencia" que quiso dejarte. Romanticismo puro...
Esto último lo pronunció con un poco de asco.
- Bien, nos vemos pronto - dijo de repente y se levantó sin más ceremonia.

Se fue tan silenciosamente como entró. Arreglé mi escritorio, ya era casi la hora de salida y dejé el edificio rápidamente. Estaba lloviendo torrencialmente. Las calles estaban inundadas. De punta a punta de la vereda corría el agua en pequeños remolinos. Todos buscaban refugiarse en techos y aleros. Hacía frío y metí la mano en el bolsillo del saco. Mis dedos tropezaron en las llaves. Decidí pasar la noche en el departamento de Morgana. Estaba cerca y era "mío". Caminé rápido hasta el edificio. Igualmente no impidió que llegara totalmente mojado. Entré y lo recorrí con la vista. Los recuerdos agazapados en los rincones, saltaron sobre mí como lobos rabiosos. Pero igualmente me sentí bien, como si estuviera en mi hogar.

A pesar que no había nadie desde hacía tiempo no tenía aspecto de abandonado, al contrario, todo tenía un aire de comodidad, casi hospitalario, como si me estuviera esperando. Fui a la cocina y en la heladera no había nada comestible. Llamé y pedí una pizza por teléfono. Miré algo de T.V. mientras aguardaba. Como era obvio, la pizza llegó fría y algo húmeda, pero igual la comí con placer (me percaté que no había almorzado). En la T.V. no había nada y el cansancio me estaba llegando. Desnudo me metí en la cama y el sueño llegó veloz y pesado.

Una mano jugueteaba en mi axila cuando tomé conciencia que no estaba solo. Sus uñas subían y bajaban por mi estómago y se detenían en mi ombligo, haciendo círculos. Su perfume inigualable me envolvía como un aura.

- ¿Sos vos? - pregunté a la oscuridad.

No obtuve respuesta, solo seguía sintiendo. Nada más que sensaciones y gozos. Su boca se apoderó de la mía. La lengua jugueteaba con mis dientes. Con la punta de la mía rocé sus caninos, filosos.

Quise abrazarla y no pude, mis brazos no respondían, mis piernas tampoco. El espiral de placer se hacía más profundo cada vez. Sus duros pezones rozaban mi pecho velludo. No podía ser otra, era ella... Morgana, que llegaba de entre los muertos a volverme loco de deseo y placer.

La lluvia seguía con la fuerza de una catarata. Un relámpago iluminó la habitación. Lo suficiente para que sus ojos verdes se enciendan y el cobre de su cabello se vuelva fuego.

- Morgana - murmuré ya seguro y feliz de verla de nuevo.

Ella no dijo nada, siguió acariciándome con lentitud deliberada. Gemí desesperado, continuaba sin poder moverme. Las coyunturas me dolían un poco. Además se acrecentaba con el anhelo de tenerla cerca y no poder tocarla. Había vuelto con más fuerza... Un huracán interior agitaba todos mis sentidos. Ahora está mordisqueando mi pecho. Siento miles de agujas que atacan mi pecho. Las uñas se clavan en la parte blanda de mis brazos.

Mi erección es piedra. Mis músculos, una madeja de nervios y tendones en total tensión. Deseaba intensamente tomarla. Ella no me permitía hacerlo y tampoco hablaba. En este instante está jugueteando con las filosas dagas que tiene por uñas en la punta de mi pene. "Voy a acabar" - pensé - "Voy a terminar como un estúpido adolescente, en una polución nocturna".

- Morgana, por favor, soltame. Te juro que no voy a tomar revancha. Te extrañé mucho, quiero abrazarte - dije con tono de súplica.

Ella me ignoraba, estaba demasiado ocupada torturando placenteramente mi pene con la punta de sus afilados caninos.

De pronto, sentí mis brazos libres, sonreí para mis adentros e intenté abrazar su cintura.

- Te quiero, mi amor - grité.

Ella se deshizo entre mis manos.

La luz del día se apoderó de la habitación ferozmente. Iluminó todo el cuarto con esa rabia que tiene el sol al amanecer, buscando espantar las sombras, intentando descubrir conspiraciones. Me revolví en la cama.

- Que sueño tuve, ¡no puedo sacarla de mi cabeza! - pensé mientras se pasaba la mano por la cara y buscaba los lentes en la mesita de luz.

Me levanté desnudo y pasé frente al espejo del pasillo. Sin querer observé mi reflejo de costado y no pude evitar una exclamación.

Tenía todo el pecho surcado de arañazos...